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El mar en Mahahual amanece como siempre: quieto, azul profundo, con ese silencio que solo tienen los lugares que todavía no han sido devorados por el turismo masivo. Pero detrás de esa calma hay una tensión que se siente en las conversaciones, en los muelles, en los pasillos de las cooperativas pesqueras. Todos hablan del mismo tema: el proyecto de Royal Caribbean que pretende levantar un parque acuático sobre casi 90 hectáreas de selva y manglar, a unos pasos de Banco Chinchorro.

Los expertos no tardaron en ponerle nombre al riesgo. Biólogos marinos del Colegio de la Frontera Sur explican que Mahahual forma parte del Sistema Arrecifal Mesoamericano, un corredor que sostiene más de 500 especies de peces y decenas de corales que no existen en ningún otro lugar del mundo. Para ellos, el problema no es solo el parque, sino lo que implica: cimentaciones profundas en un suelo kárstico que funciona como esponja, filtraciones posibles hacia el acuífero, pérdida de manglar que actúa como barrera natural contra huracanes y como criadero de especies comerciales.

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Un investigador que ha trabajado en Banco Chinchorro por más de veinte años lo resume así: “Aquí cualquier alteración se multiplica. No es un terreno cualquiera. Es un ecosistema que funciona como un reloj: si le quitas una pieza, deja de marcar la hora”.
Esa frase se repite entre los guías de snorkel, que conocen cada parche de coral como si fuera un vecino. Ellos saben que un aumento en la sedimentación, aunque sea mínimo, puede cubrir los corales y matarlos en semanas.

Las organizaciones ambientales también han levantado la voz. Greenpeace señaló que la Manifestación de Impacto Ambiental presentada por la empresa tiene omisiones importantes: especies protegidas que no fueron registradas, muestreos incompletos, ausencia de coordenadas precisas y un subregistro de biodiversidad que no coincide con los datos oficiales. El Observatorio de Conflictos Socioambientales advierte que la zona donde se pretende construir alberga mangle botoncillo, una especie protegida por la NOM-059. Perderlo no solo significa perder árboles: significa perder la guardería natural de peces, crustáceos y aves.

En Mahahual, la gente no necesita leer la MIA para entender lo que está en juego. Basta caminar por la costa y ver cómo el manglar sostiene la vida del lugar. Los pescadores lo explican sin tecnicismos: “Si tumban el mangle, se acaba la pesca. Y si se acaba la pesca, se acaba Mahahual”.
Para ellos, el proyecto no solo amenaza al ecosistema, sino al modelo de vida que ha sostenido a la comunidad durante generaciones.

Lo que se perdería no es abstracto. Son corredores biológicos, zonas de anidación de tortugas, refugios de aves migratorias, raíces que filtran el agua, suelos que evitan la erosión, corales que tardan décadas en recuperarse. Son economías locales que dependen de un mar sano, no de un parque acuático cerrado donde los turistas consumen sin pisar el pueblo.

Mientras tanto, el mar sigue respirando lento. Los niños juegan en la orilla, los turistas se toman fotos con el faro, los pescadores regresan con la primera captura del día. Pero en cada conversación aparece la misma pregunta: qué va a pasar con Mahahual si el proyecto avanza.

La respuesta aún no está escrita. Lo único seguro es que este rincón del Caribe, que ha resistido huracanes, crisis y olas de turismo, enfrenta ahora una decisión que podría cambiarlo para siempre. Y el mar, ese que parece eterno, observa en silencio, esperando de qué lado caerá la historia.

 

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